“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hija

Pudieron ser minutos, pudieron ser horas. Solo miraba el cuerpo de mi hija meciéndose suavemente con el viento, como una muñeca de trapo abandonada. Al final, uno de los hombres cortó la soga y bajó el cuerpo. Lo envolvieron en una sábana sucia y lo metieron en la cajuela de mi carro.

Me dieron unas palmadas en el hombro, me dijeron que lo sentían y se fueron a seguir fumando bajo el árbol. Manejé de regreso a Guadalajara con el cuerpo de mi hija en la cajuela. No recuerdo el camino, no recuerdo haber llegado. Solo recuerdo que cuando abrí la cajuela frente a mi casa, mis hijos salieron corriendo y vieron lo que quedaba de su hermana.

Enterramos a Lupita tres días después en el panteón de Mesquitán. No hubo investigación policial, no hubo justicia, no hubo nada, solo una tumba con una cruz blanca y el nombre de mi niña grabado en piedra. María Guadalupe Sánchez Herrera. 1995 hasta 2014. Amada hija, hermana y amiga, descansa en paz.

Tenía 19 años, toda una vida por delante, y se la arrebataron porque un monstruo la quiso y ella se negó. El chivo nunca pagó por lo que hizo. Siguió siendo comandante, siguió controlando su plaza, siguió matando y torturando como si nada hubiera pasado. Y yo tuve que seguir trabajando para ellos, seguir limpiando sus casas, cocinando para sus hombres, lavando su [ __ ] ropa manchada de sangre, porque si me iba, si huía, si hablaba, matarían a mis otros hijos, a mis nietos, a toda mi familia.

Así que me quedé. Seguí siendo doña Lupe, la limpiadora de confianza. Seguí sonriendo cuando ellos sonreían, agachando la cabeza cuando pasaban, agradeciéndoles las propinas que me daban. Pero por dentro algo murió conmigo ese día junto con mi Lupita y algo más nació en su lugar. Algo oscuro, frío, paciente, algo que no sentía miedo, que no sentía compasión, que no sentía nada, excepto una cosa, venganza.

Los meses que siguieron a la muerte de Lupita fueron los más oscuros de mivida. Por fuera seguía siendo la misma doña Lupe de siempre, puntual, eficiente, discreta, siempre con una sonrisa para los muchachos, siempre con los tamales listos a tiempo. Por dentro era un cadáver que caminaba, un fantasma que solo respiraba porque el corazón no sabía detenerse.

Bajé 15 kg en dos meses. No podía comer. Todo me sabía a tierra, a ceniza, a muerte. No podía dormir más de una o dos horas seguidas, porque cada vez que cerraba los ojos veía a mi Lupita colgando de ese árbol, meciéndose con el viento, mirándome con esos ojos vacíos. Me despertaba gritando su nombre, empapada en sudor, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensaba que me iba a reventar.

Mis hijos estaban destrozados. Aurelio Junior quería venganza. Hablaba de conseguir una pistola, de ir a buscar al chivo, de matarlo con sus propias manos. Yo tuve que calmarlo. Tuve que explicarle que si hacía eso nos matarían a todos. El CJNG no perdonaba, no olvidaba. Si tocabas a uno de los suyos, te borraban del mapa junto con toda tu familia.

hasta los primos lejanos, hasta los vecinos que te caían bien. Fernando se encerró en sí mismo. Dejó de hablar, dejó de comer, dejó de salir de su cuarto. Pasaba los días acostado mirando el techo, sin responder cuando le hablábamos. Un mes después de la muerte de Lupita, intentó ahorcarse en el baño con el cinturón de su pantalón. Lo encontré justo a tiempo.

Ya estaba morado, ya casi no respiraba. Lo llevamos al hospital, le salvaron la vida, pero algo en él se rompió para siempre. Hasta el día de hoy toma pastillas para la depresión y casi no sale de su casa. Yo cargaba con todo eso, con el dolor de haber perdido a mi hija, con la culpa de haberla puesto en peligro por mi trabajo, con la responsabilidad de mantener a mis otros hijos con vida y encima tenía que seguir yendo a trabajar, seguir limpiando las casas de los asesinos de mi niña, seguir cocinando para hombres que sabían lo que

el chivo había hecho y no habían movido un dedo para impedirlo. Hubo días en que pensé en matarme, en acabar con todo, en sufrir. tenía acceso a venenos, a cuchillos, a tantas formas de terminar con mi vida. Pero cada vez que pensaba en hacerlo, pensaba en Aurelio Junior y Fernando.

Pensaba en mis nietos que apenas estaban naciendo y me detenía. No podía abandonarlos. Ya habían perdido a su hermana, no podían perder también a su madre, pero sobre todo no podía morirme sin antes hacer pagar el chivo por lo que había hecho. La idea de la venganza llegó poco a poco, como una semilla que se planta en tierra fértil y va creciendo lentamente hasta convertirse en un árbol enorme que da sombra a todo lo demás.

Al principio era solo un pensamiento vago, un deseo imposible. Después se fue convirtiendo en una fantasía recurrente, en algo que imaginaba cada noche antes de dormir. Y finalmente se transformó en un plan concreto, detallado, meticuloso. Yo tenía algo que nadie más tenía, acceso. Llevaba casi 10 años entrando y saliendo de las casas de seguridad del CJNG.

Conocía las rutinas, los horarios, las debilidades del sistema. Sabía cuándo llegaban los cargamentos de droga, cuando había reuniones importantes, cuando los comandantes bajaban la guardia, sabía quién confiaba en quién, quién odiaba a quién, dónde estaban los puntos débiles y, sobre todo, yo preparaba su comida.

Durante años les había cocinado a estos hombres, les había preparado sus platillos favoritos, les había servido en sus fiestas. les había dado de comer en sus bocas. Confiaban en mí ciegamente. Nunca, ni una sola vez habían sospechado de la viejita que les hacía tamales. Era demasiado insignificante, demasiado inofensiva, demasiado invisible.

Esa invisibilidad iba a ser mi arma. La idea del veneno llegó una noche de diciembre de 2014 mientras limpiaba el cuarto de interrogatorios de la casa de Tlajomulco. Había sangre fresca en el piso, mucha sangre. y restos de lo que le habían hecho a alguien esa tarde. Mientras tallaba las manchas con cloro y agua caliente, pensé en todas las formas en que estos hombres mataban: balas, cuchillos, machetes, fuego, ácido, formas violentas, ruidosas, que dejaban rastros, que atraían atención, pero había otras formas de matar. Formas

silenciosas, lentas, que no dejaban rastro, formas que parecían naturales, accidentales, que nadie investigaba. El veneno era la forma de los débiles, de los que no tenían fuerza para enfrentar a sus enemigos directamente. Era la forma de las mujeres, de los esclavos, de los sirvientes. Era mi forma.

Empecé a investigar con cuidado. No podía buscar en internet porque sabía que me podían rastrear que el CJNG tenía gente en las compañías de teléfono que monitoreaba lo que buscaba la gente. Así que fui a la biblioteca pública de Guadalajara, la que está en el centro, cerca de la catedral. Saqué una credencial a nombre de mi hermana que vivía en Estados Unidos por si acasoalguien preguntaba después.

Pasé semanas leyendo libros de botánica, de química básica, de toxicología, de medicina forense. Leí sobre los venenos que usaban en la antigüedad, sobre las plantas tóxicas que crecían en México, sobre los síntomas de diferentes tipos de envenenamiento. Tomaba notas en una libretita que después quemaba en el patio de mi casa, memorizando la información antes de destruir la evidencia.

Descubrí que México era un paraíso de plantas venenosas. El toloache que los brujos usaban para hacer amarres y que en dosis altas causaba alucinaciones, convulsiones y paro cardíaco. La higuerilla, cuyas semillas contenían risina, uno de los venenos más potentes del mundo, el extramonio primo del toloache, igual de mortal, el colorín con sus semillas rojas brillantes que parecían dulces pero que destruían los riñones.

la Adelfa, cuyos flores rosadas escondían toxinas que paralizaban el corazón. Todas estas plantas crecían en Jalisco, en los patios de las casas, en los parques, en los caminos rurales, en los terrenos valdíos. Nadie les prestaba atención, nadie sabía lo peligrosas que eran. Para todos eran solo hierbas, solo flores bonitas, solo parte del paisaje.

Para mí eran armas. Empecé a recolectar plantas en mis días libres. Iba al campo con una bolsa de plástico y guantes de cocina. Cortaba hojas, semillas, raíces. Las llevaba a mi casa y las procesaba en la cocina cuando mis hijos no estaban. Secaba las hojas al sol, molía las semillas en el molcajete, preparaba extractos hirviendo las plantas en agua.

Era un trabajo lento, meticuloso, que requería paciencia y precisión. También experimenté con animales. Compré ratas en el mercado de animales de esas que venden para alimentar serpientes. Les daba diferentes dosis de mis preparaciones y observaba los efectos. Aprendí cuánto toloache se necesitaba para matar a una rata de 200 g, cuánto risino, cuánto extrramonio.

Hacía cálculos para extrapolar las dosis a humanos, tomando en cuenta el peso corporal, el metabolismo, la forma de administración. Sé que suena horrible, sé que suena como el trabajo de un monstruo, pero cuando pierdes a un hijo de la forma en que yo perdí a Lupita, algo se rompe dentro de ti. La compasión desaparece. La empatía se evapora.

Solo queda el dolor y la rabia y las ganas de hacer sufrir a los que te hicieron sufrir. Me tomó 6 meses estar lista. 6 meses de investigación, de preparación, de planificación. Para entonces ya tenía un arsenal de venenos escondido en el sótano de mi casa en frascos de mayonesa y botellas de salsa que nadie sospecharía.

Tenía tolo molido que parecía orégano, risino líquido que parecía aceite de cocina, extracto de Adelfa que parecía jarabe para la tos. También tenía una lista. Pasé semanas recordando cada cara, cada nombre, cada detalle de las personas involucradas en lo que le pasó a Lupita, los hombres que la habían secuestrado esa noche de septiembre, los que la habían vigilado durante meses antes del secuestro, los que la habían custodiado durante las dos semanas que estuvo cautiva, los que estaban en el rancho el día que la encontré fumando y platicando como si

nada mientras mi hija colgaba de un árbol y, por supuesto, el chivo. Hice una lista de 23 nombres. Algunos los conocía bien, otros solo de vista, otros solo por apodo, pero todos habían participado de alguna forma en la muerte de mi hija. Todos habían sabido lo que estaba pasando y no habían hecho nada para impedirlo. Todos merecían morir.

El primero de mi lista fue fácil. Un tipo al que llamaban el flaco, uno de los icarios de bajo nivel que había estado en el rancho ese día. Era un muchacho joven de unos 25 años. flaco como su apodo, con cara de ratón y dientes chuecos. No era nada importante, no tenía poder real, pero había estado ahí. Había visto el cuerpo de mi hija y no había sentido nada.

Había seguido fumando su cigarro como si fuera un día cualquiera. El flaco tenía una debilidad. Le encantaba el atole de arroz que yo preparaba. Cada vez que llegaba a la casa de Tlajomulco, me pedía que le hiciera un jarrito. “Doña Lupe, su atol de mi abuelita”, me decía siempre con esa sonrisa de rata. Y yo siempre se lo preparaba con canela extra como a él le gustaba y él siempre me daba 50 pesos de propina.

Un día de abril de 2015, el flaco llegó solo a la casa después de un trabajo. Venía cansado, sudado, con manchas de sangre en la camisa que yo sabía que tendría que lavar después. Me pidió su atole como siempre y yo se lo preparé con todo el cariño del mundo, pero esta vez le agregué un ingrediente especial. semillas de toloache finamente molidas, mezcladas con la canela para disimular cualquier sabor extraño.

Había calculado la dosis con cuidado, suficiente para matar a un hombre de su peso en unas horas, pero no tanto como para que el sabor fuera detectable. El flaco se tomó el atole completo mientras me platicabade su trabajo, de una muchacha que le gustaba, de los planes que tenía para comprarse una moto nueva. Yo lo escuchaba con paciencia, asintiendo en los momentos correctos, sonriendo cuando hacía chistes malos.

Por dentro contaba los minutos. Media hora después empezó a sentirse mal. Primero mareo, después sudoración, después confusión. Pensó que era el calor, que estaba cansado del trabajo de la noche anterior. Me dijo que se iba a acostar un rato en uno de los cuartos que me avisara si llegaba alguien. Lo vi subir las escaleras tambaleándose, agarrándose de la pared para no caerse.

Me quedé en la cocina lavando trastes esperando. Tres horas después, uno de los otros muchachos subió a buscarlo porque no contestaba el radio. Lo encontró tirado en la cama con espuma en la boca, sin pulso. Gritó que el flaco estaba muerto, que llamaran a alguien, que qué había pasado. Yo subí con los demás, fingiendo sorpresa, fingiendo horror.

Vi el cuerpo del flaco, sus ojos abiertos mirando al techo, su cara congelada en una mueca de dolor y por dentro, muy adentro donde nadie podía verlo, sentí algo que no había sentido desde la muerte de Lupita. Satisfacción. Llamaron a un doctor que trabajaba para la organización, examinó el cuerpo, hizo algunas preguntas y dictaminó que había sido un paro cardíaco.

“Estas cosas pasan”, dijo encogiéndose de hombros. El muchacho era joven, pero llevaba una vida de mucho estrés. El corazón no aguanta. Nadie sospechó nada. Nadie conectó la muerte de el flaco con el atole que le había preparado horas antes. ¿Por qué lo harían? Era solo la doña Lupe, la viejita que limpiaba y cocinaba. Llevaba casi 10 años trabajando para ellos sin dar problemas.

Era parte del mobiliario, tan inofensiva como las sillas del comedor. El funeral del flaco fue tres días después. Asistí como todos los demás. Le di el pésame a su madre. Recé un rosario por su alma. Nadie notó que por dentro estaba celebrando. Nadie notó que ya había tachado el primer nombre de mi lista. Quedaban 22.

Esa primera muerte me enseñó muchas cosas. Aprendí que podía hacerlo, que tenía el estómago para matar a sangre fría. Aprendí que el veneno funcionaba, que mis cálculos eran correctos y aprendí que nadie iba a sospechar de la viejita de la limpieza. Pero también aprendí que tenía que ser más cuidadosa.
No podía matar a todos en la misma casa con el mismo método en poco tiempo. Eso levantaría sospechas incluso entre gente tan descuidada como estos narcos. Tenía que espaciar las muertes, variar los venenos, hacerlo parecer accidental o natural cada vez. desarrolló un sistema. Nunca mataba a más de dos personas en el mismo mes. Nunca usaba el mismo veneno dos veces seguidas.

Nunca envenenaba a alguien el mismo día que cocinaba para ellos. Usaba venenos de efecto [ __ ] que tardaban horas o días en hacer efecto, para que cuando murieran yo estuviera en otro lugar con testigos que confirmaran que no había estado cerca. El segundo fue el perico, otro de los que estuvo en el rancho.

Le puse risino en el café que le servíó una mañana de mayo. Murió una semana después de lo que parecía insuficiencia renal. Los doctores dijeron que probablemente era por la diabetes que ni él sabía que tenía. El tercero fue el moreno, que había sido el chóer la noche que secuestraron a Lupita. Reconocí su cara de las descripciones que me dieron los vecinos que vieron el secuestro.

Le preparé unos tamales con extracto de sicuta silvestre que conseguí en un terreno valdío cerca de mi casa. Murió dos días después de aparente intoxicación alimentaria. Le echaron la culpa a unos tacos que había comido en un puesto callejero. El cuarto, el quinto, el sexto. Cada muerte era diferente.

Algunos morían rápido en horas, otros tardaban días, semanas. Algunos sufrían mucho, convulsiones y vómitos y dolor. Otros se iban tranquilos en su sueño sin saber lo que les estaba pasando. No me importaba el sufrimiento. De hecho, parte de mí lo disfrutaba. Cada vez que veía a uno de mis objetivos retorcerse de dolor, pensaba en Lupita.

Pensaba en lo que ella había sufrido durante esas dos semanas en manos del chivo. Pensaba en las marcas de tortura en su cuerpo, en los moretones, en las quemaduras. y pensaba que se lo merecían, que todos se lo merecían. La organización empezó a notar que estaba perdiendo gente. Entre 2015 y 2017, más de 10 icarios y operadores de bajo nivel murieron de causas aparentemente naturales.

Hubo reuniones, hubo investigaciones internas, hubo paranoia. Algunos pensaban que era una maldición, que alguien les había hecho brujería. Otros pensaban que era algo en el agua, en la comida de los restaurantes donde comían. en las drogas que consumían, pero nadie, absolutamente nadie, sospechó de Doña Lupe.

Hubo un momento de peligro en 2016, cuando tres de mis objetivos murieron en el mismo mes. Uno de los contadores, un tipo desconfiado al quellamaban el calculador, empezó a hacer preguntas. Quería saber qué tenían en común los muertos, dónde habían estado, qué habían comido, con quién habían hablado. Me llamó a su oficina y me interrogó durante una hora.

Me preguntó si había notado algo raro, si alguien había actuado sospechoso, si había visto algo fuera de lo normal. Yo le contesté con mi mejor cara de viejita inocente. Le dije que no había notado nada, que yo solo limpiaba y cocinaba, que no me metía en los asuntos de los muchachos. El calculador me miró fijamente por un largo rato tratando de detectar alguna mentira en mi cara, pero yo había pasado años perfeccionando mi máscara, años fingiendo que todo estaba bien mientras por dentro me moría.

Un interrogatorio de una hora no era nada comparado con eso. Al final me dejó ir. Nunca volvió a sospechar de mí. Y tr meses después el calculador también estaba en mi lista. No por lo de Lupita, sino porque durante el interrogatorio me había amenazado. Me había dicho que si descubría que yo tenía algo que ver con las muertes, me iba a despellejar viva.

Nadie me amenazaba y se salía con la suya. Ya no. Le puse extracto de Adelfa en el whisky que guardaba en su oficina. Murió de un infarto dos semanas después. El doctor dijo que era el estrés del trabajo. Para finales de 2017 ya había eliminado a 15 de los 23 nombres de mi lista. Quedaban ocho, incluyendo el más importante de todos, el chivo.

Pero el chivo era diferente a los demás. Era más paranoico, más cuidadoso, más difícil de alcanzar. No comía nada que no prepararan sus propias cocineras, mujeres que había traído de su pueblo natal y que vivían con él en su casa. tenía un catador que probaba todo antes que él, un muchacho [ __ ] que literalmente arriesgaba su vida cada vez que el chivo se sentaba a comer.

Casi nunca iba a las casas de seguridad donde yo trabajaba. Prefería moverse entre sus propias propiedades en Michoacán. Había intentado llegar a él varias veces sin éxito. Una vez logré que le sirvieran una botella de tequila que yo había contaminado, pero el catador la probó primero y se enfermó.

El chivo mandó investigar de dónde había salido esa botella. Y casi me descubren. Tuve que inventar una historia sobre un proveedor de licor que vendía producto adulterado y el pobre tipo terminó ejecutado, aunque no había hecho nada. Me sentí mal por él. Era inocente, solo un comerciante tratando de ganarse la vida, pero no lo suficiente como para confesar, no lo suficiente como para detener mi misión.

En esta guerra había daños colaterales. Yo lo había aceptado desde el principio. Pasaron los meses y el chivo seguía vivo, seguía respirando, seguía disfrutando de su poder mientras mi hija se pudría en una tumba. Cada día que pasaba era un insulto a su memoria, una burla a mi dolor. Pero yo era paciente. Había esperado años. Podía esperar más.

Tarde o temprano el chivo cometería un error. Tarde o temprano bajaría la guardia y yo estaría ahí esperando con mi veneno listo. La oportunidad llegó en diciembre de 2017 de la forma más inesperada. En diciembre de 2017, el CJNG organizó una fiesta grande en una de las casas de Zapopan. Era para celebrar el cumpleaños de uno de los jefes principales, un tipo al que llamaban el ingeniero porque había estudiado dos años de ingeniería civil antes de dedicarse al narco.

El ingeniero cumplía 50 años y quería una celebración a lo grande con mariachi, con banda, con comida para 100 personas, con todo el lujo que el dinero del narco podía comprar. Me pidieron que ayudara con la preparación de la comida. Iban a venir comandantes de toda la región, gente importante de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima.

Necesitaban que preparara birria de res, pozole rojo, tamales de puerco, carnitas, todo un banquete digno de la ocasión. Me ofrecieron pagarme el triple de lo normal y yo acepté sin dudarlo, no por el dinero, sino porque sabía que el chivo iba a estar ahí. El chivo casi nunca asistía a eventos sociales de la organización.

Era demasiado paranoico, demasiado desconfiado. Prefería quedarse en sus territorios de Michoacán, rodeado de su gente de confianza, lejos de cualquier posible amenaza. Pero el ingeniero era su compadre, el padrino de uno de sus hijos. No podía faltar a su cumpleaños número 50 sin causar un insulto grave. Cuando me enteré de que el chivo iba a venir, sentí que el corazón se me aceleraba. 3 años.

3 años llevaba esperando esta oportunidad. tres años planeando, preparando, soñando con el momento en que finalmente podría cobrar la deuda que ese monstruo tenía con mi hija. Pero tenía un problema. El chivo no comía nada que yo preparara, siempre llevaba su propia comida, sus propias bebidas, sus propias cocineras.

Incluso en fiestas como esta se apartaba con su grupo y comía lo que le traían sus mujeres. Era casi imposible envenenarlo por la ruta tradicional.Pasé noches enteras pensando en cómo hacerlo. Repasé todo lo que sabía sobre el chivo, sus hábitos, sus rutinas, sus debilidades y entonces recordé algo que había observado en las pocas ocasiones en que lo había visto en fiestas anteriores.

El chivo tenía un ritual después de las celebraciones. Cuando la fiesta se extendía hasta tarde, cuando había bebido suficiente tequila y fumado suficientes puros, siempre subía al baño del segundo piso a refrescarse. Se encerraba ahí por 10 o 15 minutos, se echaba agua en la cara, se lavaba las manos, a veces hasta se cambiaba la camisa si estaba muy sudada.

Decía que le ayudaba a despejarse, a mantenerse alerta. Había observado este ritual tres veces en los últimos años. Siempre el mismo baño, siempre el mismo procedimiento y lo más importante, siempre usaba la crema para manos que estaba en ese baño. Era una crema cara, importada, que alguien había dejado ahí y que a el chivo le gustaba porque olía a la banda y dejaba las manos suaves.

Ahí estaba mi oportunidad. Durante mis investigaciones en la biblioteca había aprendido sobre venenos que se absorbían por la piel. El más potente era la conitina, un extracto de la planta llamada acónito o casco del [ __ ] Unas gotas en la piel eran suficientes para matar a un hombre en cuestión de horas.

El veneno entraba al torrente sanguíneo a través de los poros, atacaba el sistema nervioso, paralizaba el corazón y lo mejor de todo, los síntomas parecían un infarto común y corriente. El problema era conseguir aconitina. El acónito no crecía naturalmente en Jalisco. Era una planta de climas fríos, de montañas. Pero después de meses de búsqueda encontré a un herbolario en Guadalajara que vendía plantas exóticas para coleccionistas.

Le compré tres plantas de acón diciéndole que eran para decorar mi jardín. El viejo me advirtió que eran tóxicas, que no las tocara con las manos descubiertas. Le di las gracias y le pagué el doble de lo que pedía para que no hiciera preguntas. Pasé dos semanas procesando las plantas. Extraje el veneno de las raíces, que era donde estaba más concentrado, hirviéndolas en agua destilada y evaporando el líquido hasta que quedó un aceite espeso y amarillento.

Era conitina casi pura, suficiente para matar a 20 hombres. Guardé el aceite en un frasquito de esmalte de uñas que había lavado y esterilizado para que nadie sospechara si lo encontraban. La noche antes de la fiesta fui a la casa de Zapopan a preparar todo para el día siguiente. Llegué temprano, cuando todavía no había nadie más que los guardias de seguridad.

Les dije que necesitaba revisar la cocina, organizar los ingredientes, asegurarme de que no faltara nada. Subí al segundo piso con mi bolsa de limpieza, como si fuera a revisar que los baños estuvieran listos para los invitados. Entré al baño que usaba el chivo y cerré la puerta con seguro. Trabajé rápido, saqué el frasquito con la conitina y lo mezclé con la crema para manos que estaba en el ababo.

Usé un palito de madera para revolverlo bien, asegurándome de que el veneno quedara distribuido uniformemente. También puse un poco en el borde de la llave de la babo, en la toalla que el chivo usaba para secarse en el jabón líquido, múltiples puntos de contacto para asegurarme de que absorbiera suficiente veneno, aunque solo tocara una de las superficies.

Cuando terminé, lavé el frasquito y el palito en el escusado y los tiré a la basura envueltos en papel higiénico. Revisé que todo se viera normal, que no hubiera nada fuera de lugar. El baño se veía exactamente igual que antes, limpio, ordenado, inofensivo. Bajé a la cocina y seguí con mis preparativos como si nada hubiera pasado. Nadie sospechó nada.

Nadie me preguntó qué había estado haciendo arriba. Era solo doña Lupe revisando que todo estuviera limpio para la fiesta. El día de la celebración llegué a las 3 de la tarde para empezar a cocinar. La casa ya estaba llena de actividad. Hombres montando mesas, mujeres arreglando flores, técnicos instalando bocinas y luces.

El mariachi llegó a las 5, la banda a las 6. Los primeros invitados empezaron a llegar a las 7. Yo me quedé en la cocina, cocinando, sirviendo, organizando. Cada vez que podía me asomaba a la sala para ver quién había llegado, buscando la cara del chivo entre la multitud. Las horas pasaban y él no aparecía. Empecé a preocuparme y si no venía y si a última hora había decidido quedarse en Michoacán y si todo mi plan había sido en vano.

A las 11 de la noche, cuando ya estaba perdiendo la esperanza, escuché un alboroto en la entrada. Gritos de bienvenida, aplausos, música de banda tocando más fuerte. Me asomé por la puerta de la cocina y lo vi. El chivo había llegado. Venía con su séquito de guardaespaldas, unos 10 hombres armados que se desplegaron por la casa como si estuvieran tomando posiciones de combate.

Vestía una camisa de sedanegra, pantalón de vestir, botas de piel de cocodrilo, llevaba cadenas de oro en el cuello, anillos de diamantes en los dedos, un reloj que probablemente costaba más que mi casa. Se veía gordo, hinchado, con la cara roja de quien bebe demasiado y duerme poco. Me quedé observándolo desde la cocina con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que todos lo escucharían. Ahí estaba.

El hombre que había violado y torturado a mi hija, el hombre que la había colgado de un árbol como un trofeo, el hombre que me había destruido la vida y en unas horas estaría muerto. El chivo saludó a a el ingeniero con un abrazo de compadres. le dio un regalo envuelto en papel dorado, bromeó con los otros comandantes.

Se sentó en una mesa apartada con su grupo, rodeado de sus guardaespaldas, comiendo la comida que sus propias cocineras le habían traído. No tocó nada de lo que yo había preparado, como siempre, no importaba. Yo no necesitaba que comiera mi comida, solo necesitaba que subiera a ese baño. Las horas pasaron.

Medianoche, una de la mañana, 2 de la mañana, la fiesta seguía a todo lo que daba, con música a todo volumen, botellas de tequila por todas partes, hombres borrachos bailando con mujeres que habían traído quién sabe de dónde. El chivo bebía, fumaba, platicaba con sus compadres. Se veía relajado, tranquilo, sin ninguna preocupación en el mundo.

A las 3 de la mañana lo vi levantarse de su mesa. Dijo algo a uno de sus guardaespaldas y caminó hacia las escaleras. Mi corazón se detuvo por un segundo. Ahí iba hacia el baño del segundo piso, hacia mi trampa. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció en el segundo piso. Uno de sus guardaespaldas subió detrás de él y se quedó parado afuera del baño vigilando.

Yo volví a la cocina y empecé a lavar trastes tratando de mantenerme ocupada, tratando de controlar los nervios. Pasaron 5 minutos, 10, 15. El chivo seguía arriba. Me imaginaba lo que estaba haciendo, echándose agua en la cara, lavándose las manos con el jabón envenenado, secándose con la toalla contaminada, poniéndose la crema de la banda que tanto le gustaba, cada acción metiendo más veneno en su cuerpo, cada minuto acercándolo más a la muerte.

20 minutos después, el chivo bajó las escaleras. Se veía fresco, despejado, con la camisa cambiada y el pelo húmedo. Se reunió con su grupo y siguió bebiendo como si nada. Yo lo observaba desde la cocina esperando. La conitina tardaba entre 30 minutos y 2 horas en hacer efecto, dependiendo de la dosis absorbida.

Los primeros síntomas eran hormigueo en las manos y la cara, seguidos de náusea, sudoración, debilidad. Después venía la arritmia cardíaca, la dificultad para respirar, el colapso del sistema nervioso. La muerte llegaba por paro cardíaco, generalmente entre 3 y 6 horas después de la exposición. A las 4 de la mañana, el chivo empezó a frotarse las manos.

Parecía incómodo e inquieto. Le dijo algo a uno de sus hombres y se sirvió un vaso de agua. A las 4:30 se levantó y fue al baño de la planta baja, probablemente pensando que se había mareado por el alcohol. Salió 10 minutos después, más pálido que antes. A las 5 de la mañana, mientras la mayoría de los invitados ya se habían ido o estaban dormidos en los sillones, el chivo se desplomó. fue repentino, violento.

Un momento estaba parado platicando con el ingeniero y al siguiente estaba en el suelo convulsionando con espumas saliendo de su boca. Sus guardaespaldas corrieron hacia él gritando que llamaran a un doctor, que trajeron agua, que qué estaba pasando. Yo salí de la cocina con los demás sirvientes, fingiendo sorpresa y preocupación.

Me quedé en una esquina observando cómo trataban de reanimar al chivo, cómo le daban golpes en el pecho, cómo le gritaban que reaccionara, pero yo sabía que no había nada que hacer. La aconitina ya había hecho su trabajo. Su corazón estaba fallando latido a latido y no había poder humano que pudiera salvarlo.

El chivo murió a las 5:43 de la mañana en el piso de esa casa de Zapopan, rodeado de sus hombres que no podían hacer nada por él. El doctor que llegó media hora después dictaminó parocardíaco fulminante. Demasiado alcohol, demasiado estrés, demasiados años de excesos, dijo el doctor mientras llenaba el certificado de defunción. El corazón simplemente no aguantó.

Nadie sospechó nada. Nadie conectó su muerte con el baño del segundo piso, con la crema de la banda, con la viejita de la cocina que había estado ahí desde el día anterior. Era solo otro narco que se había muerto de un infarto, otro comandante que había caído víctima de su propio estilo de vida. Me quedé para ayudar a limpiar después de que se llevaron el cuerpo.

Barrí el piso donde había caído, lavé los vasos que había usado, ordené las sillas que habían tirado cuando trataron de reanimarlo. Y mientras limpiaba, subí al baño del segundo piso una última vez. Tiré lacrema, el jabón, la toalla, los metí en una bolsa de basura que después tiré en un contenedor a kilómetros de la casa. Limpié cada superficie con cloro y agua caliente, borrando cualquier rastro de veneno que pudiera quedar.

Cuando terminé, el baño estaba impecable, sin ninguna evidencia de lo que había pasado ahí. El chivo estaba muerto. Finalmente, después de 3 años, el asesino de mi hija había pagado por lo que hizo. Pero no sentí la paz que esperaba. No sentí el alivio, la liberación, el cierre que había imaginado durante tantos años.

Solo sentí un vacío enorme, un agujero negro en el pecho que ninguna venganza podía llenar, porque el chivo estaba muerto, pero Lupita seguía muerta. Seguía en esa tumba fría en el panteón de Mesquitán. Seguía colgando de ese árbol en mis pesadillas. Ninguna cantidad de sangre derramada iba a traerla de vuelta, pero no podía detenerme.

Todavía quedaban hombres en mi lista. Todavía había hombres que habían participado en lo que le pasó a mi hija. Tenía que terminar lo que había empezado. Durante los siguientes meses eliminé a los últimos cuatro nombres de mi lista. El gerero que había sido uno de los guardias en el rancho, el pelón, que había ayudado a secuestrarla, el tuerto que había conducido la camioneta esa noche, el muelas que había acabado la tumba donde originalmente pensaban enterrarla antes de decidir colgarla como advertencia.

Cada uno murió de forma diferente. Envenenamiento por toloache, risino en el café, extracto de sicuta en la birria, extramonio en el atole. Cada muerte pareció natural, accidental, inexplicable. Y cada vez que uno de ellos caía, yo iba al panteón a contarle a Lupita. Otro más, mi niña le decía sentada frente a su tumba, limpiando las flores marchitas, poniendo flores frescas.

Otro más que pagó por lo que te hicieron. Pronto van a estar todos. Pronto vas a poder descansar en paz. El último de mi lista murió en febrero de 2019, casi 5 años después de la muerte de Lupita. En total maté a 19 personas. 19 hombres que directa o indirectamente habían participado en el secuestro, tortura y asesinato de mi hija.

Cuatro de mi lista original escaparon, dos murieron en enfrentamientos con fuerzas federales antes de que pudiera llegar a ellos. Uno fue asesinado por una célula rival del cártel de Sinaloa y uno simplemente desapareció. Probablemente huyó a Estados Unidos cuando vio que sus compañeros estaban cayendo uno tras otro.

Cuando terminé, cuando el último nombre de mi lista estuvo tachado, me senté en la sala de mi casa y esperé sentir algo. Paz, alivio, satisfacción, cualquier cosa, pero no sentí nada. Solo el mismo vacío de siempre, la misma oscuridad que me había acompañado desde el día que encontré a Lupita en ese rancho.

La venganza no sana nada, eso lo sé ahora. Puedes matar a todos los que te hicieron daño. Puedes hacerlos sufrir como ellos te hicieron sufrir. Puedes cobrar cada gota de sangre que derramaron. Pero al final el dolor sigue ahí, el vacío sigue ahí, los muertos siguen muertos y los vivos seguimos arrastrando sus fantasmas.

Seguí trabajando para el CJNG durante dos años más, no porque quisiera, sino porque no sabía cómo salir y porque una parte de mí ya no le importaba lo que pasara. Había cumplido mi misión, había vengado a mi hija. Lo que me pasara después no tenía importancia. En 2021, finalmente dejé el trabajo. Les dije que estaba muy vieja, muy cansada, que mis articulaciones ya no aguantaban las jornadas de limpieza.

No era mentira. Tenía 51 años y el cuerpo me dolía como si tuviera 80. Años de trabajo pesado, de estrés constante, de manipular veneno sin protección adecuada. Habían cobrado su precio. Me dejaron ir sin problemas. Después de 15 años de servicio leal, de nunca dar problemas, de guardar todos sus secretos, me dieron una liquidación de 200,000 pesos y me desearon buena suerte.

El nuevo contador, un tipo joven que había reemplazado a el calculador, me dio un abrazo y me dijo que siempre sería bienvenida si quería volver. No volví. Me fui de Guadalajara y me mudé a un pueblito de Nayarit, cerca de la costa, lejos de todo lo que me recordaba a esos años. Compré una casita pequeña con vista al mar, con un jardincito donde planto flores y hierbas.

No plantas venenosas, ya no. Solo bugambilias, margaritas, albaca, romero, plantas de vida, no de muerte. Mis hijos saben la verdad, se las conté hace un año. Una noche que estábamos los tres solos en mi casita después de cenar pozole como cuando eran niños. Les conté todo. Mi trabajo para el CJNG, lo que sabía sobre la muerte de Lupita, lo que hice para vengarla.

Les conté de cada uno de los 19 hombres que maté, cómo los maté. ¿Por qué los maté? Al principio no me creyeron. Pensaron que estaba inventando cosas, que la vejez me estaba afectando la mente. Pero cuando vieron mi cara, cuando vieron la seriedad en mis ojos, entendieron queera verdad. Aurelio Junior se levantó y salió de la casa sin decir nada.

Fernando se quedó sentado llorando en silencio. Me quedé sola en la mesa, esperando su juicio, esperando su condena. Aurelio volvió una hora después. Tenía los ojos rojos de llorar. se sentó frente a mí, me tomó las manos y me dijo, “Gracias, mamá. Gracias por hacer lo que yo no pude hacer.” Fernando me abrazó después.

Me dijo que entendía, que no me juzgaba, que Lupita estaría orgullosa de mí. No sé si Lupita estaría orgullosa. No sé si lo que hice estuvo bien o mal. Maté a 19 personas. Son 19 familias que perdieron a alguien, 19 madres que lloraron a sus hijos, como yo lloré a la mía. Algunos de esos hombres tenían esposas, tenían niños pequeños.

Niños que ahora crecen sin padre por mi culpa, igual que mis nietos crecen sin su tía Lupita. Eso me hace tan mala como ellos. Probablemente. Tal vez. No lo sé. Las líneas entre el bien y el mal se borran cuando te arrancan a un hijo de los brazos. La moral se vuelve un lujo que no puedes pagar cuando entierras a tu niña de 19 años y nadie paga por ello.

Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me dijeron hace 6 meses que tengo cáncer de estómago. Etapa cuatro, inoperable. Probablemente es por todos los años manipulando veneno sin protección adecuada, respirando los vapores, absorbiendo las toxinas a través de la piel. El mismo veneno que usé para matar a otros ahora me está matando a mí.

Dicen que me quedan meses, tal vez un año si tengo suerte. No tengo miedo de morir. Hace mucho que dejé de tenerle miedo a la muerte. Lo que me da miedo es morirme sin que nadie sepa lo que hice, sin que nadie entienda por qué lo hice. Quiero que el mundo sepa que hay consecuencias, que aunque el sistema de justicia no funcione, aunque los criminales crean que son intocables, siempre hay alguien observando, siempre hay alguien esperando el momento para cobrar las deudas.

A las madres que han perdido hijos por culpa del narco. A las madres que viven con el mismo dolor que yo viví, les digo esto. Las entiendo. Entiendo la rabia, la impotencia, las ganas de tomar la justicia en sus propias manos. Pero también les digo que la venganza no sana nada, solo te convierte en otro monstruo. Solo te roba lo poco de humanidad que te queda.

Yo maté a 19 hombres y sigo despertando cada noche viendo a mi Lupita colgando de ese árbol. Sigo oyendo sus gritos en mis sueños. Sigo sintiéndome vacía, rota, destruida. La venganza no me devolvió a mi hija. Solo me quitó la posibilidad de sanar, de seguir adelante, de encontrar paz. La única paz que he encontrado es en la fe.

Voy a misa todos los días ahora en la parroquita del pueblo donde vivo. Me siento en la última banca. Rezo el rosario. Prendo veladoras a la Virgen de Guadalupe. Le pido perdón por lo que hice. Le pido que cuide a mi Lupita en el cielo. Le pido que cuando me llegue la hora me permita verla otra vez. El Padre del Pueblo sabe mi historia.

Se la conté en confesión hace unos meses, cuando el cáncer ya estaba avanzado y sentí que necesitaba decirle a alguien. Me escuchó sin interrumpirme, sin juzgarme, sin condenarme. Cuando terminé, me dio la absolución y me dijo algo que nunca voy a olvidar. Hija, me dijo, solo Dios puede juzgar lo que hiciste. Yo no tengo ese poder.

Lo que sí sé es que el amor de una madre es la fuerza más poderosa del mundo y a veces esa fuerza nos lleva a lugares oscuros. Pero Dios es misericordioso. Dios perdona a los que se arrepienten de corazón. Y yo creo que tú te arrepientes. Me arrepiento. No de haber vengado a mi hija, sino de haberme convertido en lo que me convertí.

Me arrepiento de haber pasado años con el corazón lleno de odio, de haber dejado que la venganza consumiera mi vida, de haberle robado a mis otros hijos la madre que merecían mientras yo estaba ocupada planeando asesinatos. Pero ya es tarde para arrepentimientos. Lo hecho hecho está. Solo me queda esperar el final, rezar por perdón y confiar en que Dios es más misericordioso de lo que yo fui.

Mi nombre es Guadalupe Herrera Mendoza. Fui la limpiadora del CJNG durante 15 años. Maté a 19 hombres para vengar a mi hija y esta es mi confesión final. Si hay un cielo, espero que Lupita esté ahí esperándome. Espero que me perdone por no haberla protegido cuando más me necesitaba. Espero que me abrace como cuando era niña y me diga que todo está bien, que ya no hay dolor, que finalmente podemos descansar juntas.

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